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LAS CUERDAS.


Las cuerdas llegaron a la Sala de Saltos un buen día. Alma diría, “sería jueves...”, porque le encanta decir “jueves”.

Tras observar una incipiente actividad trepadora en esta sala nos percatamos de un nuevo movimiento que se extendía: subir los bloques de gomaespuma y agarrarse al borde del protector que hay grapado a la pared. Como queriendo subir más, asegurar el paso, elevar el juego. Eran los primeros meses de La Caracola, todavía nos estábamos conociendo... pero había llegado el momento de ELEVAR EL JUEGO A OTRO NIVEL.

La demanda latente nos encontró desprevenidas y sin recurso material, poco tiempo para realizar nuevas instalaciones. Así aparecieron las cuerdas. Mediante sencillos y asequibles anclajes en la pared y cuerdas atadas de un lugar a otro, conseguimos dar respuesta a la necesidad. 


Y esta minúscula intervención en el espacio, posibilitó el despliegue. La actividad de la Sala cambió como si nunca hubiera existido otra. La actitud corporal era la misma (desafío a la gravedad, búsqueda del desequilibrio, quedar colgado, intención de subir...) pero la cuerda nos entregó otro punto de vista.

Y la cuerda nos llevó más allá. Al jardín, un lugar seguro para ellos pero inabarcable por sus dimensiones. Un lugar en transición, en paulatina conquista. Observamos así, en un grupo pequeño, muy pequeño, una nueva manera de crecer, de asegurar y transitar lo desconocido, lo que está “más arriba”, lo que supone un reto psicomotor, emocional, cognitivo.



Comienza el juego:



Atar para asegurar objetos.

           
                        Atar para trepar un árbol.

                  
 Atar para llegar más lejos.

 
 Atarse el cuerpo para contener.




                      Atar y ver qué sucede con esa cuerda tan larga.

                      
Atar para delimitar espacios.

  
                               Atar para balancearse.

                 
Atar y hacer poleas.













 Atarse "al otro", vincularse, evidenciar una afinidad.

                 Atarme y dejar que la cuerda me acompañe.

                                              Atar y dejar huella del juego.



 Un día si, tres no, las cuerdas aparecen como un compañero más que ayuda a establecer lazo con la casa, con el árbol, con el triciclo, con el cuerpo del amigo. Se queda como objeto de desarrollo y ampliamos el surtido (cuerda fina, gorda, larga, corta) y la magia sucede cuando comprobamos que algunos se suman a este fenómeno, que al principio parecía solo de “mayores”.

La cuerda implica seguridad, transición, deseo de llegar más allá, profundizar en la acción.  La cuerda nos ayuda a crecer.

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